Reflexión y propuesta a meditar e implementar. Recomiendo este magnífico artículo-propuesta de G. Buster. Lo hago mío.

La Gran Recesión, la crisis de la deuda soberana y las alternativas de la izquierda europea

Gustavo BusterSin Permiso.

El FMI y la OCDE han anunciado que, tras cinco años de la mayor recesión desde la década de 1930, la prevista recuperación de 2013 –mas débil, lenta y sin creación de empleo que ninguna anterior- simplemente se aplazará.

En el caso del Reino de España hasta el 2018. Ello es consecuencia de a) La crisis de la deuda soberana de la eurozona y la recesión que ha provocado; b) la retirada de estímulos en EE UU en 2010 y la debilidad de su reintroducción en 2012 por la situación electoral; c) el enfriamiento de las economías de China e India. El paro, por lo tanto, aumentará, sobre todo en los países desarrollados; los precios de las materias primas, con algunas excepciones temporales (energía, oro, alimentos), tienden a caer con consecuencias graves para los países emergentes y en vías de desarrollo; y la falta de crédito ahogará a muchas economías. Solo EE UU y Alemania habían recuperado los niveles de crecimiento anteriores a 2007. Ahora, con el resto de la economía mundial –con muchos países que simplemente no habían salido de la recesión- vuelven a caer por debajo de ese umbral. El comercio mundial, que tras cinco años de contracción parecía volver a crecer en 2010, vuelve también a los niveles de 2006. Los ritmos de la crisis de las distintas zonas económicas del mundo cada vez son más simétricos y sus efectos negativos se retroalimentan.

La explicación marxista de las causas estructurales de la crisis sigue siendo validas: la tendencia a la caída de la tasa de ganancias en el sector industrial. La recuperación neoliberal de los años 80 y 90 se situó por debajo de la media de los años 45-70. Y ello a pesar de la utilización masiva del crédito privado y la deuda pública, que mantuvieron el consumo al mismo tiempo que caían los salarios y aumentaba el paro. La burbuja del “capital ficticio”, como lo llamaba Marx, la “financiarización” –uno de cuyos aspectos ha sido la burbuja inmobiliaria- permitió una tasa de ganancia del conjunto del capital muy por encima de la del sector industrial, una situación insostenible a medio plazo al estar sustentada en los sectores no productivos de la economía. La dinámica de crecimiento de la V Onda Larga del Capitalismo (1983-2007 ¿?), la época del neoliberalismo, se ha agotado porque estaba basada no en un aumento de productividad gracias a nuevas tecnologías u organización y sistemas productivos, sino en la sobreexplotación relativa y absoluta de la fuerza de trabajo (jornada, salario directo e indirecto, derechos laborales), la expansión del mercado mundial (exURSS, China..) y la creación sin precedentes de “capital ficticio”, de la  “financiarización”, a través del crédito y la deuda pública.

Esta interpretación marxista de la crisis implica comprender la fase en la que estamos: la crisis es un mecanismo de reestructuración para recuperar la tasa de ganancias del capital en todos los sectores, pero especialmente en el industrial, a través de un cambio estructural de la correlación de fuerzas entre capital y trabajo. Porque mientras las crisis del capitalismo se producen por su propia lógica interna como consecuencia de la competencia de múltiples capitales, la recuperación solo es posible a través de mecanismos exógenos resultado de la lucha de clases, avances tecnológicos o nuevas formas de organización de la producción.

En este sentido, los programas de resistencia, de reforma en el marco del sistema  capitalista, que son imprescindibles para la defensa inmediata de los intereses de la mayoría de la población, se agotan en un periodo más o menos corto de tiempo en el que son capaces de frenar la tendencia general de la crisis. Pero su importancia a medio y largo plazo es sobre todo como actúan en la correlación de fuerzas entre las clases, si refuerzan la conciencia y la organización de clase de los trabajadores, en un proceso acumulativo no lineal.

Esta experiencia de autoorganización de clase, de aprendizaje de los mecanismos de gestión institucional democráticos, solo son posibles en periodos largos de crisis y de lucha de clases, de resistencia y de reformas, de experiencias unitarias y colectivas que permitan que la clase obrera se conciba como una alternativa a la clase dominante, con su propio proyecto democrático y republicano de organización económica y social. Y estos periodos, en los que esta en juego la correlación de fuerzas, que dependen de la intervención política en la lucha de clases y que son más o menos largos dependiendo de las victorias o derrotas en la resistencia social, se inician en la fase de agotamiento de las ondas largas, como la que vivimos actualmente. De ahí la importancia de comprender el periodo en el que vivimos, sus contradicciones y desafíos.

II

Aunque la crisis tiene muchos frentes y todos ellos son fundamentales -como podemos ver en el ejemplo de la importancia de las exportaciones e inversiones financieras de China, su efecto electoral en la campaña presidencial norteamericana y el impacto internacional de la creciente conflictividad laboral en China y la India, que contrarresta directamente la política de recortes salariales neoliberal en todo el mundo- el eslabón débil de la crisis 2007-200¿?…se sitúa en Europa y, más en concreto, en la Eurozona. La  profundidad de la recesión en Europa, como consecuencia de la crisis de la deuda soberana y las contradicciones de la zona monetaria del euro, es el factor más importante, aunque no el único, de la prolongación de la crisis económica mundial.

La profundidad de la crisis de la zona euro es el resultado combinado del efecto de la recesión que contrae el crecimiento; del estallido de la burbuja inmobiliaria en Irlanda y España por la caída de la demanda; de la activación de los mecanismos de estabilización automáticos (subsidio de desempleo, estímulos económicos), que aumentan la deuda pública si no van acompañados de reformas fiscales progresistas cuando caen los ingresos públicos; de la crisis de impagos del sector bancario; y, además, de un diseño institucional neoliberal de la unidad monetaria entre unos estados miembros de mayor productividad y superávit comercial, que forman el centro del sistema, y aquellos otros que, por su menor productividad en la división de trabajo europea, están condenados a transferir valor añadido al centro y al déficit comercial.

Los distintos tratados de construcción neoliberal de la UE, desde Maastricht en 1991, hasta el Pacto de Estabilidad Fiscal de 2011, que hace ley el equilibrio fiscal, mantienen este entramado semi-colonial de división del trabajo en la zona euro regulado por las instituciones europeas. En las épocas de crecimiento anteriores, la transferencia ha operado del centro a la periferia en forma de crédito-“capital ficticio”- para mantener el consumo interno del mercado único y con los fondos estructurales del presupuesto de la Comisión, que no llega al 1% del PIB de la UE. Cuando el apalancamiento de esta deuda privada en la deuda pública, a través del rescate de la banca europea, se ha combinado con la deuda soberana de los estados de la periferia, el trasvase ha cambiado de dirección y a comenzado a operar sobre todo de la periferia al centro, disminuyendo el plusvalor por la caída de la producción y aumentando el del capital a través del pago de intereses de la deuda soberana, y también de la deuda privada.

El BCE es el instrumento regulador de los flujos financieros de este trasvase centro-periferia en la zona euro. Y lo es como único banco emisor de la moneda en la zona euro, con el mandato exclusivo de mantener un flujo monetario antiinflacionista -a diferencia de la Reserva Federal de EE UU cuyo mandato es también anti-cíclico-. Su independencia de las otras instituciones de la UE,  le dejan en manos de las aportaciones de capital de los estados miembros, que imponen lógicamente sus intereses y subordinan los de los otros estados miembros de acuerdo con el volumen de sus aportaciones, que dependen en última instancia del volumen de sus economías y sus propias políticas monetarias. El mejor ejemplo de las contradicciones de este mecanismo regulador es que estatutariamente el BCE no puede financiar directamente los déficits fiscales de los estados miembros –como la Reserva Federal de EE UU- llegando al extremo de intervenir en la crisis de la deuda soberana prestando el dinero que crea como emisor a los bancos privados al 1%, para que estos compren a su vez deuda soberana que renta al 5% e interviniendo, además, en el mercado secundario para recomprar esa deuda soberana en manos privadas. Mucho más sencillo y barato seria comprar directamente deuda soberana a los estados miembros o, aun mejor, emitir eurobonos de deuda soberana europea con la que financiar fiscalmente a los estados miembros.

La política neoliberal de gestión de la crisis de la deuda soberana consiste ante todo en forzar una “devaluación interna” en los estados miembros que permita a la vez un aumento de la tasa de beneficios y un mayor trasvase de plusvalía de la periferia al centro, en una espiral competitiva hacia abajo que aumente la competitividad exportadora del conjunto de la zona euro, pero sobre todo del centro. Esa “devaluación interna” -combinación de recortes y de contrarreformas de derechos como los aplicados por el Gobierno Zapatero en 2010 y después por Rajoy- condiciona la intervención del BCE para mantener la deuda soberana dentro de los límites considerados “disciplinarios” en una primera fase y después, cuando la banca privada y los estados miembros ya no pueden acceder al mercado privado de capitales, financiar directamente la recapitalización de la banca privada y pública y la deuda soberana. Lo que antes era un trasvase de plusvalía regulado a través del mercado se convierte ahora en una regulación directa institucional del trasvase de plusvalía y activos vía pago de la deuda. Pero esta política neoliberal es insostenible por sus efectos recesivos, la huida de depósitos  y capital, y su bloqueo del flujo crediticio y de la economía real, por una parte, y, por otra,  la conflictividad social que implica en sociedades con sindicatos más o menos fuertes y derechos sociales extendidos o universales.

Por eso, la salida neoliberal de la crisis va acompañada de propuestas a medio y largo plazo que pasan por una reforma institucional de la UE y la zona euro, creando los mecanismos de financiación necesarios para la gestión de la deuda soberana en un contexto de “devaluación interna” (FEEM, MEDE), limitando la capacidad de intervención del BCE en los mercados secundarios o interbancarios solo a “situaciones extraordinarias” e imponiendo el protectorado económico de la Troika, que supone un recorte más de soberanía en política económica de los estados miembros. Creadas las condiciones que aseguren el éxito de la “devaluación interna” en toda la eurozona, Francia ha propuesto, y Alemania estaría dispuesta a estudiar, pasos progresivos de unión fiscal (que institucionalizarían el protectorado de la troika a toda la eurozona), formas de comunitarización limitada de la deuda soberana, regulación común bancaria etc…En resumen, se procedería a una regulación única del proceso de financiarización neoliberal en toda la eurozona, apalancado y garantizado por la capacidad de emisión de moneda del BCE. Este proyecto, que esta aun en fase de borrador con varias opciones, no cuenta aun con el consenso de las oligarquías europeas, en especial de la alemana, que sigue manteniendo abiertas otras alternativas, como la ruptura de la eurozona en dos zonas monetarias, y/o la expulsión del euro de los países de la periferia  que no acaten o puedan llevar a cabo satisfactoriamente las “devaluaciones internas”.

En definitiva, la cuestión pendiente es si será posible resistir a las “devaluaciones internas” en los estados miembros, cambiar la agenda política, construir alianzas y movilizar a nivel de la eurozona para modificar la correlación de fuerzas donde se producen las decisiones de política económica determinantes. Sin esa resistencia, sin cambios electorales políticos como los que han permitido entrever los ascensos de Syriza en Grecia, del Partido socialista holandés o del Front de Gauche francés, sin coordinación y movilización sindical europea, sin cambios en la opinión pública de las clases dominadas no solo en la periferia, sino en el centro de la eurozona, la evolución de la crisis estará dominada y dirigida por los intereses y la hegemonía de las oligarquías europeas. La expulsión del euro o la obligación de salir de él de un estado miembro supondría una brutal devaluación externa que multiplicaría el volumen de la deuda, empobrecería a la población y provocaría la venta de activos al exterior, sin por ello cambiar el nivel de integración en la división de trabajo europea por falta de alternativas reales ni poder controlar en realidad la emisión de la nueva moneda, que tendría que ser financiada por la banca europea y, en última instancia por el BCE, como hoy ocurre con los países bálticos. No existen “soluciones en un solo país” a la crisis de la eurozona después del largo proceso de integración comunitario, ni “alternativas revolucionarias en un solo país” sostenibles a corto y medio plazo. El único marco posible de la crisis en Europa pasa por un cambio en la correlación de fuerzas a nivel de la UE y el desarrollo de un modelo alternativo federal, democrático y social, de construcción europea.

Es desde esta perspectiva que hay que juzgar las propuestas de reforma alternativas  a corto plazo de la eurozona, así como las propuestas de movilización social y políticas en los estados-miembros y en la eurozona. Como la “Propuesta Modesta” de Yanis Varufakis y Stuart Hollande, los programas económicos de Syriza, el Bloco de Esquerda portugués o el Front de Gauche francés. La “Propuesta Modesta”, por ejemplo, es un programa de resistencia inmediato a nivel europeo para acompañar la renegociación radical  por futuros gobiernos de izquierda de los términos de las “devaluaciones internas” impuestas a los países rescatados. De manera muy esquemática, consiste en la transformación del MEDE en un mecanismo de recapitalización directa de la banca europea (un “banco malo” europeo); la refinanciación automática de la deuda soberana de los estado miembros hasta el 60% de su PIB (limite fijado en Maastricht) y su conversión en bonos del BCE; y un programa europeo de crecimiento financiado por el BEI a través de eurobonos, que actuaría como un Plan Marshall europeo. Programas de este tipo tienen que  combinarse con propuestas de reforma estructural de la eurozona, el BCE y la UE en el marco de un auténtico proceso constituyente europeo, recuperando el espacio abandonado por la izquierda tras el No francés y holandés a la pseudo constitución neoliberal europea, para plantear un modelo constitucional de construcción europea para los pueblos y los ciudadanos desde la izquierda.

III

La verdadera conexión entre el programa de resistencia (mínimo) y el programa de alternativa hegemónico (máximo) no es la “lógica interna” del propio programa, sino la experiencia colectiva que permite acumular a través de la movilización, de los avances y retrocesos tácticos, de la unidad de clase y popular forjada; en definitiva, de los cambios en la correlación de fuerzas así conquistados. Lejos de ser una “hoja de ruta” prefijada, la construcción de una alternativa hegemónica es un proceso vivo de experimentación y acumulación de fuerzas por los propios sujetos sociales que van emergiendo. Esa es la mejor lección que podemos concluir de la lucha contra el fascismo en los años 30 y 40, que creo las bases del estado social y de derecho en Europa en el difícil entorno geopolítico de la Guerra Fría.

En 1981 Reagan derrotó a los controladores aéreos en EE UU y en 1984 Thatcher a los mineros británicos. Fueron los inicios de una larga ofensiva neoliberal contra las organizaciones sindicales en los países desarrollados, que continua hasta hoy con el objetivo de limitar o acabar con la negociación colectiva, reducir sustancialmente los derechos laborales y sociales conquistados, como el llamado “estado del bienestar”, privatizar los servicios públicos, y recortar los salarios. Este aumento de la explotación relativa y absoluta de la fuerza de trabajo ha sido el principal mecanismo de la recuperación de la tasa de ganancias en el neoliberalismo.

De 1981 hasta las huelgas generales del sector público francés en 1995-96, que abrieron un nuevo ciclo de movilizaciones en Europa hasta el 2003, el único éxito sindical importante en el mundo desarrollado a la hora de frenar la desregulación del mercado de trabajo fue la huelga de la Unión Internacional de Estibadores y Marineros de 1992-93. El ciclo de huelgas generales europeas de 1995-2003, en el que el sector público tuvo un papel decisivo, a pesar de su importancia no pudo frenar los ataques de las políticas neoliberales. Sin embargo, fue decisivo para crear el clima político de deslegitimación y resistencia, del que dieron testimonio los Foros Sociales Europeos, como el de Genova (2001), que bloqueó con el NO francés y holandés el pseudo Tratado Constitucional neoliberal europeo en 2005, una importante derrota política de las oligarquías europeas, que abrió un espacio potencial para iniciar la construcción de una alternativa de izquierdas. Lamentablemente, y este es un error político que aun pagamos y que no se puede repetir, el sectarismo de sectores importantes de la izquierda europea bloqueó la construcción de frentes políticos electorales amplios capaces de condicionar por la izquierda a la socialdemocracia y a las direcciones sindicales europeas, resistiendo y acumulando fuerzas. El periodo de 2003 a 2010, ante la falta de pequeños éxitos de la fase de resistencia anterior, la división sectaria de las izquierdas y el desconcierto de las direcciones sindicales europeas, supuso una fase de desmovilización intensa y de giro electoral a la derecha, que solo se ha roto a partir de 2009 en respuesta a las políticas de choque de la “devaluación interna”.

Una vez más, el nuevo ciclo de resistencias abierto en Europa, y que vivimos con especial intensidad en los dos últimos años por no hablar en los últimos cinco meses, plantea todos los problemas descritos: gran radicalidad de huelgas generales defensivas en muchos países, 13 en Grecia por ejemplo, que no han sido capaces de frenar hasta el momento el ritmo de los ajustes impuestos por la UE y solo la combinación de los movimiento sociales y sindical portugués ha supuesto hace unas semanas un cambio parcial en este sentido; la subordinación de la socialdemocracia a la política de salida de la derecha europea; crisis aun limitadas de los PS por escisiones de alas izquierdas (creación de Die Linke, escisiones del PASOK, candidatura alternativa presidencial del PS portugués, creación del PdG y el FdG francés); estancamiento cuando no crisis de sectores de la izquierda alternativa (Bloco portugués, NPA, Alianza Roja- Verde danesa, Rifondazione) y de los viejos PCs….

Comenzar a resolver estos problemas exige una metodología distinta:

  • En primer lugar, partir de la resistencia real de abajo a arriba sobre la base de la unidad de acción más amplia de los movimientos sociales y de los sindicatos. Evitar el sectarismo movimentista y superar el frentismo sindical (nacional y alternativo) excluyente. Las grandes movilizaciones capaces de cambiar la correlación de fuerzas y resistir de manera real los ritmos de los recortes solo pueden tener éxito implicando al conjunto de la izquierda social y sus aparatos, tanto a las vanguardias como a los sectores con mayor miedo y menor conciencia de clase.
  • Plantear y construir Frentes Amplios electorales con todos los sectores de la izquierda implicados en la resistencia anti-neoliberal, tanto reformista como revolucionaria, tanto federal como soberanista y, si no es posible antes de las elecciones, dejar la puerta abierta para incorporaciones posteriores, alianzas o colaboración común en los distintos niveles institucionales. Construir una, dos, tres, muchas Syrizas….
  • Mantener la presión sobre la socialdemocracia y otras opciones políticas interclasistas con propuestas de movilización social antineoliberales y por el derecho a decidir (autodeterminación). Sin rupturas importantes, evoluciones condicionadas de sus políticas y giros a la izquierda o trasvases de sus bases sociales no es posible construir la mayoría necesaria, ni cambios sustanciales en la correlación de fuerzas y construir alternativas con vocación hegemónica.
  • Ampliar la coordinación de la izquierda social y sindical, con especial interés en los comités de empresa europeos y la CES, hoy muy desarticulada, renovar el Foro Social Europeo…
  • Construir y reforzar los lazos de las distintas izquierdas a nivel del Reino de España y de la Unión Europea, como el PIE y otras instancias de coordinación política, poniendo el énfasis en campañas comunes y en el debate de una alternativa de izquierda a la UE neoliberal.