La crisis social y política está claro que nos afecta a todos y todas. Nos abruma y nos asusta, o al menos esa impresión se da. Ninguna iniciativa política y social nos parece clara, todo tiene problemas y nos hemos vuelto huraños, desconfiados y desconfiadas. La solidaridad ante los poderosos es lo único que nos puede salvar. Si no hay apoyo mutuo entre los débiles estamos perdidos. Si no nos damos cuenta de que somos pobres, a causa de que los ricos quieren serlo todavía más, poco podemos avanzar.

Estamos en contra de los liderazgos, pero sin embargo somos manifiestamente incapaces de construir el liderazgo colectivo. Las asambleas de barrio o de pueblo en realidad, y de no ser por luchas puntuales, tan solo agrupan a minorías activas. Hemos perdido el contacto con la mayor parte de la ciudadanía sufriente, de la clase obrera cada día más explotada, con los excluidos condenados a la más pura supervivencia. Las personas empobrecidas, agobiadas por el recibo de la luz o la hipoteca, el desempleo que se acaba, antes ven el fútbol o programas de tele-basura que leen nuestras soflamas o bienintencionadas propuestas.

La cultura neoliberal se ha impuesto. La desconfianza en la política está causando un daño terrible entre las izquierdas reales y transformadoras, más incluso, mucho más que entre las derechas reaccionarias y ladronas. La corrupción es tan grave que nos hace a todas y todos iguales ante mucha, demasiada gente y yo me pregunto ¿Qué hacemos para remediar esto?

El sectarismo es un mal consejero. Pero la autocomplacencia o la satisfacción chata también. El conformarse con el mal menor es volver a las andadas. La claudicación socioliberal ha sido suicida para los propios partidos y sindicatos que fueron socialdemócratas, pero ya no lo son, pero lo más preocupante es el daño que les han provocado a las clases trabajadoras con su renuncia y su miedo a la lucha de clases, su aburguesamiento y su adaptación al mercado. Si bien tampoco el contentarse con 25 diputadas y diputados Izquierda Unida, nos sacará de pobres. Menos si tienen que pactar con quienes respetan las imposiciones de la Troika y gobernar con el objetivo de déficit.

Por eso hace falta algo nuevo y diferente. Nada relacionado con el régimen sirve. El ser el mal menor solo conduce a la resignación. Pero el tener miedo a las palabras, a la palabra, solo conduce a aceptar la derrota y el sistema de antemano.

Pero estamos en una dictadura mediática y como los medios “informativos” solo los pueden montar quienes tienen el dinero, pues estamos simplemente ante la dictadura neoliberal. Ya lo saben bien los capitalistas, como la política es palabras, propuestas y programas, razón, corazón y sentimiento, pues nos quitan la palabra y ya no llegamos a la gente. Desaparecemos. Nos conformamos con la red, la red de redes, el internet, pero eso no llega a los nuestros y los nuestros son los pobres, los excluidos, los y las obreras, las cajeras de supermercado, las limpiadoras, las secretarias o los jóvenes precarios de los barrios sin luz y sin futuro, en ocasiones violentos o mal educados, pero en otras ocasiones generosos y siempre amedrentados por una sociedad que no entienden y de la que solo les llega un mensaje “o tienes dinero o eres un pringado o una pringada”. Esos son los nuestros, aunque ellos no lo sepan, a causa de nuestra ineptitud para llegarles a su corazón.

Por eso nuestras peleas de aparto, de lista, de familia mal avenida, me hastían tanto ya. Hemos de recuperar la palabra y ser capaces de emocionar y si no, no hay nada que hacer.

Los primeros socialistas, como Pablo Iglesias (en el que ahora se mean y manchan muchos de los y las que se amparan en las siglas que el inventó, al objeto de medrar a su costa) fueron educadores de multitudes. Pedagogos de lo sencillo, pero claro los parias nos hemos de organizar y luchar frente a la opresión y el robo de los de arriba. Pero para ello la política y la lucha son imprescindibles. La dignidad de clase es un tesoro perdido a recuperar.

Hemos de saber que el pueblo de izquierdas se construye. No se hace solo desde un escaño parlamentario pueblo de izquierdas, ni en una conferencia para personas que ya están convencidas. Se construye en la calle, en los centros de trabajo o en los bares. Se construye con gente próxima. Se construye con un lenguaje fuerte y que sea convincente. Se construye transmitiendo emociones y vivencias.

Tras dos años de cada vez más paro, menos derechos sociales y educativos, copago de medicamentos, subidas eléctricas ladronas, corrupción y desprecio de esas derechas chulas, crueles y fascistas, el PP sigue siendo el partido más votado y los votos que pierde se los lleva la nueva extrema derecha españolista de la UPyD, así como otras opciones confusas. El PSOE se sigue cociendo en su crisis, pero ojo, sigue siendo el mal menor e IU -según ella misma reconoce en rueda de prensa- no sube más allá de los 34 diputados y diputadas. Con la que está cayendo, algo falla.

Quien se conforme con doblar el porcentaje de votos, nos traiciona. Hace falta un nuevo impulso y un nuevo liderazgo social y político. Hace falta algo que ilusione y levante los corazones de las gentes que sufren, pero son incapaces todavía de rebelarse salvo luchas concretas y sectoriales. Hace falta echarle valor.

Hemos de construir una nueva mayoría popular. Un imaginario y unos símbolos que nos unan y nos emocionen. Personas que digan algo alto, claro y fuerte. Me importa una higa -como decía Don Indalecio Prieto- que alguna o alguno diga que así no, que solo su grupo o su mini-asamblea de “enteraos y enterás” tras siete meses de discutir de método saben lo que hay que hacer. En momentos de tanta desconfianza esta solo se vencerá con la palabra alta y fuerte y con el ejemplo personal, pero también con el valor, con la valentía.

Basta ya de falsos dirigentes, en realidad intrigantes de aparato. Necesitamos personas capaces de organizar, pensar, escribir, gritar y al mismo tiempo capaces de ocupar una oficina, un banco, una fábrica o manifestarse ante la sede de los corruptos de la calle Génova.

Necesitamos personas que se crean que podemos ganar, no pactar con los obedientes de la Troika, no, sino que les podemos y debemos vencer.

Necesitamos convencer a los que sufren y no tienen futuro para vencerles a los amos inmisericordes y chorizos que nos dominan.

Pero claro, los periódicos, las radios nunca nos ayudarán y si alguna vez se cuela algo, pues a aprovecharlo. No hacen falta ratones de biblioteca, es la hora del activismo. Además sabemos de sobra lo que hay que hacer, que es justo lo contrario de lo que hacen y dicen los neoliberales, los amos y sus “expertos”.