Esta crisis tiene origen político. La solución es política, otra forma de hacer política.

Cuando Richard Nixon decidió el cambio del patrón oro por el dólar comenzó todo. Cierto es que fue asesorado por economistas ultraliberales, conservadores de la época y lobbies económicos y ultra-nacionalistas, que influenciaron en la propuesta pero, al final, fue el presidente de los EE.UU. quien tomó la decisión final más trascendente para nuestras vidas diarias, producida en los últimos sesenta años.

La causa más clara es esta situación que vivimos de ataques, de guerra sin cuartel al bienestar y la protección pública de las y los ciudadanos, la desregulación financiera, la pérdida de derechos laborales y las privatizaciones del sector estatal y público. Es el triunfo de la Revolución Conservadora que Margaret Tatcher y Ronald Reagan iniciaron y de hecho implantaron con éxito -con mucho éxito añadiría yo- al menos en la Europa de la Unión: la ideología neoliberal, la cultura neoliberal.

El éxito de la revolución conservadora amordaza los sindicatos, deja sin mensaje, ideas fuerza, y sin principios a la socialdemocracia, y logra el desmoronamiento de la URSS y todo en bloque del Este.

Es por eso que la respuesta ahora, treinta años después, debe surgir de las calles y las plazas. Sin partidos de referencia, con débiles sindicatos que aún así son atacados con saña y sin pre-acuerdos programáticos, las personas indignadas, asqueadas, empobrecidas, paradas, desahuciadas y explotadas, saltan, reaccionan, se rebelan y es que no podía ser de otra manera.

Los movimientos sociales son la primera respuesta, el FSM la primera luz, el primer relato tras la hecatombe y el triunfo derechista global. Ahora es la protesta, la búsqueda, el no callar.

Antes, en Latinoamérica, en la primavera árabe, nos habían señalado el camino. Los hermanos de sangre y cultura de América Latina son los que, hasta el momento, más han avanzado en la construcción de alternativas y sobre todo más peligro le crean al sistema-mundo capitalista y xenófobo occidental y judeo-cristiano. Sus caminos, aún inciertos y no exentos de contradicciones son los más avanzados. Pero es de alegrarse y mucho que en los propios corazones del sistema halla surgido la revuelta.

El G20 volverá a demostrar su inutilidad y fracasará. Las personas volverán a protestar en la calle -y en espíritu- contra un club selecto, de mandatarios políticos que ni se ponen de acuerdo, ni se pueden poner. Mientras nosotras y nosotros profundizaremos la lucha, haciendo política y poniendo la solución política en manos de la ciudadanía. Repartiendo, aún en contra de los y las profesionales del sistema, la política en asambleas, debates y manifestaciones.

Yo solo advierto, y lo vengo haciendo desde hace un tiempo, que hay que alcanzar YA acuerdos aunque sean mínimos, gestionar nuestras diferencias y hacerlas fortaleza, y tratar de articular en el estado español una convergencia social y popular que nos permita seguir adelante con nuestras reivindicaciones.

Para ello, insisto:
– Hay que volver a salir a la calle antes de las elecciones del 20 de Noviembre.
– Hay que preparar una resistencia activa y contundente tras el 20N, y organizar no ya a los indignados, sino a los atacados, a las victimas del terrorismo neoliberal y las bandas armadas de la banca, a las y los oprimidos, las y los ninguneados. Y para ello debe existir una convergencia social y unidad de acción en todos los frentes de trabajo y lucha, desde los laborales a los institucionales, pasando por las plazas y asambleas pero sabiendo que, para ser colectiva y democrática, la resistencia debe articular a muchas y muchos, a sindicatos y fuerzas sociales y políticas.
– Hay que convocar YA una acción de calle tras el 20N. Pero ojo, esto ni es Francia, ni Madrid es Paris, en todo el estado, en todas y cada una de las ciudades.

La crisis ha generado la toma del poder político por parte del poder financiero, con apoyo de los políticos del sistema.